domingo, 4 de diciembre de 2011

Ciencia y Política

En la tesitura de un posible conflicto de responsabilidad moral entre el científico y el político, entre ciencia y política, hemos de dilucidar, el camino recorrido por ambas desde la época moderna hasta nuestros días, para ver así, que lejos de una ciencia supeditada y controlada por un proyecto político, es aquélla la que determina enormemente a la política y la lógica de todo proyecto de organización social.

            Dentro de un proyecto universal, global, como es nuestra sociedad occidental, la lógica que impera es la triunfante de la ciencia. Valores tales como éxito, utilidad, progreso, aplicabilidad, veracidad o confiabilidad son los que gobiernan e inundan el mundo. Desbordando su propio ámbito científico se extienden hasta la forma de hacer economía y hasta la forma de hacer política.

            El momento actual de ese proyecto humano de organización social, como es el Capitalismo, esa globalización digo, que trata de organizar de la mejor manera posible las relaciones humanas, se basa como núcleo principal en las relaciones económicas. Unas relaciones económicas burocratizadas y manipuladas por la misma lógica de la ciencia: control de los elementos, éxito, progreso, valores numéricos, tiempos y espacios determinados… Una ciencia que desde la modernidad, si bien no pudo responder con plena seguridad qué es el mundo y qué es la realidad, al menos pudo estar segura de que si empleaba las estructuras de la mente humana aplicándolas a ese mundo, al menos podría concluir que las estructuras mentales humanas en relación con un mundo pueden ser veraces (que no verdaderas). Una vez garantizada la veracidad y el éxito de poder construir un mundo, la ciencia se autoproclama en portadora de la verdad. Se produce un auge de esos valores científicos, se produce un auge del éxito y de la seguridad humana de poder hablar del mundo y, construirlo sin ningún tipo de remordimiento, pues el hombre no tiene que rendirle cuentas ni a Dios. Hasta tal punto que la política, encargada de “construir” la esfera social adquiere dicha lógica científica, jugando con números y con tentáculos burocráticos que puede manejar como si de una técnica se tratase. Momento que va intrínsecamente relacionado con la desvalorización mundana de la religión y otros aspectos ligados radicalmente a la moralidad humana. La Reforma luterana y la expropiación del campesinado serían temas a tratar, pero no será en este ensayo.

            En pleno siglo XX, ese proyecto globalizador que garantiza la ciencia, llega a un punto culminante: la fabricación de la bomba atómica como herramienta política. En un marco denunciable, como lo hace Hanna Arendt, de falta de reflexión y de pensamiento de la humanidad consigo misma, sobre qué somos, hacia dónde queremos ir y cómo lo queremos hacer, el hombre, fusionando política y ciencia crea la bomba atómica con el objetivo de hacer la paz matando a millones de personas. En el marco de la Segunda Guerra Mundial, lucha por el control ideológico y tecnológico del mundo, la ciencia cumple un papel fundamental; tan fundamental que se erige como el elemento más importante y decisivo de todo el panorama mundial: producción armamentística pesada, desarrollo de armas bioquímicas, producción en masa…industria con mayúsculas. Todo el proceso hasta formar una economía de guerra fundamental e indispensable para cualquier Estado político.

            Suponer que la ciencia tiene un pequeño espacio de curiosidad, ajena a cualquier tipo de responsabilidad moral es tan erróneo como suponer que la especulación filosófica y su amor a la sabiduría tampoco tienen consecuencias éticas en el mundo. Fundamentar una ontología es sentar las bases del mundo y su configuración moral. Y eso es exactamente el proyecto científico. La ciencia se desliga de Dios y de esa dación de la realidad para independizar el propio mundo, ya que el mundo funciona exitosamente si el hombre es la medida de todas las cosas. Ahora sí podemos medir el mundo, tenemos nuestros resultados óptimos y comprobables y es la hora de jugarse todo a la revolución científica y por tanto a la revolución política.

            Porque el político que surge entonces es un científico, un hijo suyo. Así como el científico está en su laboratorio manejando posibilidades y variables con diversos aparatos y teorías, el político está en su gabinete manejando datos sociales y encajando números y estadísticas para aplicar algún tipo de teoría ideológica. Perfecto ejemplo se nos presenta con el gobierno impuesto “necesariamente” en Italia: los famosos tecnócratas.  Pues para resolver lo problemas políticos de un país, es “urgente” que sean unos técnicos “objetivos” los que manejen los “datos” del paro, el PIB, la inversión, los recortes, la producción de empleo… Es evidente que en el laboratorio italiano, la propia sociedad humana no es más que cifras y variables a manejar y que arreglar. De la misma manera que la población japonesa era una cifra lo suficientemente grande como para acabar con la Segunda Guerra Mundial.

            No podemos conceder ni considerar que hay algún tipo de espacio en el ámbito humano en el que no haya algún tipo de responsabilidad moral, y menos en la política y en la ciencia. Debe haber una constante reflexión tanto en el campo teórico como en el práctico (si es que van desligados de alguna manera). Una reflexión moral permanente y más si hablamos de un terreno tan global que afecta a toda la humanidad como es el mundo social en el que vivimos. Si ha de haber algún tipo de proyecto globalizador, hay que exigir un espacio de pensamiento y reflexión de la mano de la recuperación de unos valores que no sean los meramente científicos. Pues es no sólo un derecho sino un deber hacer una crítica moral tanto a la política, como a la economía, discutiendo la problematicidad que hay de fondo con la lógica que se impone en el mundo tras el éxito de la ciencia, apuntalada tras la revolución industrial, lo que configura el mundo en el que vivimos con su actual crisis, tanto económica como humana.

            No se está discutiendo el éxito de la ciencia, ni las consecuencias buenísimas ni grandiosas que ha aportado a la humanidad. Sino que se trata de qué es la ciencia, qué debe aportar, qué limites morales ha de tener y cómo ha de encajar en el mundo occidental.

Jorge Martín Sanjuán