jueves, 13 de septiembre de 2012

EL CINE Y LA BIPOLARIDAD

¿Qué es el cine sino ese otro ámbito donde es posible todo aquello que es imposible? ¿Qué es el cine sino aquel lugar donde puedes ordenar todo de tal manera que lo más real posible, supere o trascienda la realidad más normal? ¿Qué es el cine sino eso donde lo irreal tiene aspecto de real?

         El Joker le dijo a Batman que este no tiene sentido sin él. ¿Contra quién o qué luchas Batman?” El bien no tiene sentido si no está rayando con el mal. ¿Contra qué o quién lucha un superhéroe? Contra lo que más teme de sí mismo. Porque la figura del otro, la figura del doble, del que amenaza desde la oscuridad, es temible. Pero también causa el mayor de los intereses. El cine atrae la atención del espectador como diciéndole “atrevete a mirar, a ver qué encuentras al otro lado del espejo”. Al ver una película, en cierto modo uno se está buscando a sí mismo, se está tentando. Uno pone la atención en un aspecto u otro dependiendo de en qué lugar se haya reconocido o alejado (por haberse reconocido). Porque alejarse de algo es un síntoma de que eso también es importante, también es parte de uno, es eso otro que está rayando, que está colindando por ahí. Uno va por la vida dudando entre las opciones, convencido en un momento de algo y a la vuelta de la esquina ya no está convencido y recula. Y eso es peligroso, porque nunca se sabe del todo quien es uno mismo, y puedes encontrarte en cualquier momento. ¿Quién diría que Chris Wilton, flamante profesor de tenis, acabaría siendo el mismismo Raskolnikov? ¿Quién le diría a Batman que fue el Joker quien le dio sentido a la lucha por salvar Ghotam, quien asestó la verdad más moralista de todas las que escuchó Bruce Wayne? ¿Qué sentido tiene ser Batman si no tienes miedo de ti mismo? ¿Quién en su sano juicio se erigiría como salvador del mundo, si al mismo tiempo no está aterrado por el mundo mismo? Cuando Batman se mira al espejo no ve felicidad ni reposo…Quizás vea al Joker, a la degradación humana que portamos todos en nosotros mismos.

         Se ven películas para comprender las incógnitas que se nos presentan cuando nos miramos al espejo, cuando la mirada devuelta es una incógnita en lugar de una confirmación. Cuando el espejo da miedo. Entonces ver una película siempre es una sesión de psicoanálisis aludiendo a los momentos de mirada al espejo. Cuidado con mirar al espejo, uno puede esperar verse tranquilamente y que aparezca un conejo gigante anunciando el fin del mundo…

         Uno ve películas porque en cierto modo quiere otra vida. Uno va al cine para ver si encuentra sin querer a su otro yo. O a otros yoes. El cine como incitador bipolar de la sociedad, en el sentido de que la gente consume el cine como evasión, como búsqueda, como suicidio, como entretenimiento, como abstracción.

         Uno de los motivos por los que se ve cine es para tener la conversación sobre la película, cuantas veces sea, con quien sea, repitiendo las mismas cosas una y otra vez. Pero, ¿con qué sentido? Es muy difícil que en una conversación de cine, cuando se llega a un climax común de entendimiento sobre lo que pasa en tal escena, se desarrolle algo interesante. Suele suceder que nos volvemos un otro yo retraído y decepcionado con la pasión. Si hay acuerdo con el clímax de la conversación cinéfila, ¿por que no se da nada más que un acuerdo que fulmina el interés de seguir explicando “lo que pasa”? El cine y la eskizofrenia. El acuerdo no genera discusión, ni avance, sino un paro cardíaco. El cine sirve para no parar de interpretar, para una vez alcanzado un acuerdo, revisar la escena a ver si encontramos otro detalle que eleve el clímax, o lo destruya ¿Con qué intención? Con la de sentir fuertemente algo. Algo que sin ser real tiene toda la pinta de serlo y al menos deja que se hable de ello. El cine quiere que se hable de él, porque quiere ser modelo, modelo de todo lo social, modelo de arte, modelo de modelos.

¿Cuánto de inefable es lo maravilloso? Lo mejor del cine es inefable, sólo es admirable, sólo puede uno sentarse en la butaca y esperar a que aparezcan las emociones. Esperar la alegría, la risa, el llanto, la decepción, el terror, la melancolía… Sí, el cine es un sacacorchos de los sentimientos. Y buscamos el que sea, da igual, queremos que nos saquen los sentimientos, porque normalmente estamos más muertos que vivos, y en el cine uno revive, se vive un poco más, aunque sea de forma eskizofrénica, aunque sea de manera artificial y con un sacacorchos.

“Con la muerte en los talones” vivimos mucho tiempo, y es admirable y entretenido cuando tiene aspecto cinematográfico. Hay relatos de la vida de alguien que sólo son interesantes si se parecen a una película de cine. Demencia bipolar de no aceptar la realidad a no ser que tenga aspecto de ficción dirigida por el mismísimo Dios, guionista también de todas y cada una de nuestras vidas, cuando adquieren formato cinematográfico.

Pero, ¿qué tiene el cine que nos vuelve locos? Digamos que en tanto que arte, el cine nos coloca en ese lugar donde se juega el ser de las cosas. Nos pone en esa brecha, en ese ring de lucha libre, donde se funda el sentido entre la película y nosotros; un verdadero acto de creación, de sentido y de realidad. La configuración audiovisual ante nosotros exige que valoremos, que no sólo digamos eso es bueno o malo, o si me ha gustado o no, sino algo más, una fundación de sentido de vida. Porque el cine, de algún modo, como arte, es una fundación de vida, una exposición de las pasiones más sufridas que son indecibles y busca de nosotros una lágrima o una sonrisa que explique y funde de manera más explícita la propia sucesión de las imágenes.

La forma de la novela, que cuenta una trama de una persona cualquiera, tan cualquiera que todo anónimo se identifica, que ya no es un héroe quijotesco sino que ahora es el hombre y mujer común, supuso un cambio y un síntoma importante en la sociedad del siglo XIX y XX. El protagonista deja de ser un héroe específico para convertirse en el más normal de los mortales, uno que representa a cualquiera, que no es especialmente feliz y que se ve envuelto en una historia reveladora que otorga sentido a su vida. Una configuración de una vida con un inicio que despliega los acontecimientos, un nudo que configura la trama y un desenlace que otorga una moraleja. En ocasiones el sentido es la moraleja clásica y en otras el sentido es la falta de sentido, el sinsentido, lo que a su vez puede ser un síntoma de sentido... El cine surge con la novela del siglo XX y ambas se convierten en tranquilizadoras de sociedades que no encuentran su lugar y no son capaces de encajar su trama vital en un contexto adecuado o en una sucesión de capítulos coherentes. La gente pierde la expresividad, la gente ya no es capaz de contar sus historias importantes. Hay una falta de comunicación. Hay vidas que tienen difícil encontrar un inicio, un nudo y un desenlace que encajen temporalmente uno con otro ligando algún tipo de sentido. Es decir, hay vidas caóticas y verdaderamente eskizofrénicas. Una de las funciones sociales tanto de la novela como del cine es ordenar este tipo de vidas anónimas cualquiera. Ordenan una trama, con un inicio, nudo y desenlace conformando así un verdadero sentido a esa vida. La masa, el mundo occidental en el siglo XX consume el cine vorazmente porque piensa curar su vacío existencial con lo inefable y fabuloso que tiene el cine. La gente que no era capaz de expresar sus sentimientos, la gente que se sentía perdida, la gente que era incapaz de ubicarse en el mundo, tenía ahora un referente audiovisual gigante.

El cine como narrador de la vida. El cine como centro de acogida de masas y masas adormecidas incapaces de expresar, incapaces de contar verdaderas experiencias. El cine como medicina contra la eskizofrenía.

Así, hemos encontrado al cine como lugar clave para una explicación, a través del arte, del sentido de la vida, y el cine como centro médico contra la angustia vital. Pero podemos ver el cine, por qué no, como mero entretenimiento, como verdadera profesión artística, mero juego de perspectivas. Cine como creación, como apertura a una pluralidad de miradas, miradas plurales en sí mismas. Arte no cerrado y en constante movimiento de fuerzas que dan lugar a unas formas u otras.

“Los auténticos actores son esa raza indomable que interpreta los anhelos y fantasmas del inconsciente colectivo.” Ana Diosdado, dibujante y humorista español.

         ¿Cuál es la bipolaridad del actor? ¿Cuándo se siente más uno mismo, cuándo es la persona o el personaje? ¿Cómo se siente un personaje? ¿De qué manera se siente uno cuando deja de estar en directo en un programa de televisión para volver, en el instante que se apaga la luz roja, a sentir cómo se recobra la persona? Miren la genial actuación de David Strathairn en “Buenas noche y buena suerte”, cuando se reorienta hacía sí mismo, en el regreso extraño a ser una persona normal y corriente, instantes después de ser un líder, una cara, un enemigo del poderoso.

 Hay quien dice que no le gusta el cine en blanco y negro, pero, ¿dónde sino en el cine en blanco y negro se ruedan mejor las escenas del humo de los cigarrillos?

         Ir al cine es toda una experiencia. ¿Han ido al cine sólos alguna vez? Ir al cine sólo es un alivio. Eliges la película sin consensuar con nadie, compras la entrada diciendo aquello de: “una para La escafandra y la mariposa por favor”. Y orgulloso de ser ese tío raro que va al cine sólo, compras palomitas sabiendo que ninguna mano te ruborizará o te molestará. Te sientas. Miras toda la sala y a todo el mundo. Te reafirmas como cinéfilo solitario y agudizas todos tus sentidos para aprehender la película. Ver una película sólo en el cine exige de uno mismo más que si vas acompañado, donde puedes apoyarte en lo que digan los demás. En cualquier caso, la sala de cine es un sitio muy peculiar. Se podrían rodar películas y películas con todas las historias que suceden en las salas. Un lugar oscuro y silencioso donde hay gente…y la gente es capaz de cualquier cosa.

         Para hacer una película hace falta una buena historia y estar loco. Sí, el cine y la bipolaridad van intrínsecamente de la mano. Woody Allen se casó con su hija tras ver las películas que hacía y lo guarro y divertido que era todo. ¡Un abrazo Woody! Vivir a través de las historias que te inventas. Esos son los que hacen las películas. Los que las piensan, los que las dirigen, los que las escriben… ¿De dónde se sacan las buenas historias? De cualquier sitio. Se puede coger una historia sin interés y edulcorarla de tal manera que la forma supere al contenido, que la suma de simplezas adopte la mayor de las complejidades (eso es lo que suelen hacer los Cohen). Otra cosa es lo que hace Julian Schnabel. Dar luz verde a vivir tu vida tal y como quieras imaginártela. Una voluntad nietzscheana que no se arruga ante los desastres de la vida, sino que se adapta y se quiere a sí misma. Diciendo sí con un guiño cómplice. Guiñar a la vida. Guiñar al otro yo. Guiñar al doble y dar rienda suelta a la afirmación de la locura. A veces hay que estar en la cama sin moverse para convencerte de que volverte loco no es tan malo.

         O sí, que se lo digan a la gente de Boston. Allí las películas porno se han prohibido. No gusta mucho esa trama del fontanero que llega a casa para follarse a las mujeres.

            ¡Oh el cine! ¡Qué maravilla! Qué de historias nos cuenta. Aquella historia de Buenos Aires de los 70 daría para una novela.  Y para una película. Y para una película en la que se escribiese esa novela…

         Toda esta parafernalia viene a decir que hay que estar muy loco para poder sacar todo el jugo al cine, pero aun más ido de la olla hay que estar para no interesarse por el cine. Porque el cine es nuestra bella locura compartida.

Buenas noches y buena suerte.




Nota: Esto no sigue ningún tipo de orden ni propósito. Un mero dar rienda suelta al experimento. Las películas seleccionadas fueron seleccionadas por el capricho de otros. Ninguna sufrió ningún daño durante la realización de este escrito.